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Ensayo III: Sobre el fracaso

No hay mayor temor para un escritor que perder sus palabras, como no hay mayor temor para un artesano que perder su herramienta. Por eso los escritores nos enamoramos del fracaso, porque en él existen paz y calma; en él no habita mujer capaz de quitarnos el habla, o situación que enmudezca a la misma literatura.

Allí todo es previsible. Los sueños, y los delirios de grandeza campan a sus anchas, ayudándonos a soñar despiertos, para después aterrizar de nuevo sobre el estiércol.

El inconformismo inherente al escritor es su vía de no-escape de las fauces de tan odiado y necesario compañero de viaje. Constantemente, nuevas ideas brotan en la cabeza, borrando automáticamente las anteriores, y obligándonos así a dejar todo a medias.

Es una maldición necesaria, en ella reside nuestro encanto, nuestra virtud y nuestro secreto....




...y a pesar de todo, seguimos soñando con el éxito...

Lo que tenía que hacer


-¡Que te calles, puta! -gritó fuera de si, mientras le propinaba un bofetón- ¡Diez años! ¡Diez años llevo aguantándote! ¿Quieres saber por qué voy al bar? ¿Quieres saberlo? porque llevo diez años casado con una puta. ¿Qué te crees? ¿Que no se que te acuestas con otros hombres cuando yo no estoy? Pues claro que lo se, ¡y medio barrio también! Eres la puta de todos.

Ella, una mujer bella, a pesar de ese horrible moratón en el ojo, sentada en el suelo, trataba de hablar con una voz entrecortada por el llanto:

-Pero...si yo...yo no...

-¡Que te calles! -Rugió dando una fuerte patada en la cara de la joven- No quiero escucharte más. ¡Y deja de llorar como una niña! Las putas no lloran, las putas follan, cobran y se callan la boca. Pero a ti eso de tener la boca cerrada no te va...¿a que no? te gusta tenerla bien abierta, ¡Con una polla dentro!

Entonces lo entendió, supo lo que debía hacer. Sobreponiéndose al miedo, se secó las lágrimas y la sangre de la cara. Se levantó. Cogió la lampara de la mesilla de noche y la estrelló en la cabeza de su marido con un golpe seco. Durante un instante, nada pasó, hasta que se derrumbó el cadáver de su marido, soltando un reguero de sangre. Y ella rompió a llorar nuevamente.

El Manifiesto


Cuatro rosas descansaban sobre su tumba, eran las impresas en la botella de Four Roses que alguien había dejado sobre ella. Solo cuatro personas habían acudido a despedirse de él, a darle su ultimo adiós. Tres varones, y una mujer, todos ellos de negro. Tampoco había rastro de sacerdote alguno, mejor, él lo hubiera querido así. El difunto, era un héroe anónimo, uno de los muchos caídos en la II Guerra Civil Española.

Ella era preciosa, de piel morena, estatura media, y una sonrisa que, en el tiempo en que aún la conservaba, enamoraba a la propia primavera. Pero ahora lloraba desconsoladamente y cada lágrima de aquella mujer, desprendía amor. Amor y culpa. Se culpaba por haberle dejado marchar, se culpaba por haberle dejado escribir aquel estúpido manifiesto. Si lo hubiera obligado a quedarse en casa, no estarían allí; pero él, siempre tan orgulloso, tuvo que escribirlo, tuvo que difundirlo, el manifiesto anónimo que causó esa guerra. Nadie de su bando supo nunca quién lo escribió, pero por lo visto, el enemigo lo tuvo muy claro desde el principio.

Ninguno de los tres varones hablaba, se dedicaban a consolar a la muchacha como podían. Ésta, una vez hubo recuperado el habla, se dispuso a leer el manifiesto. El dichoso manifiesto, de la manera que el difunto había pedido en su última carta. Uno de los hombres, el de pelo castaño, hizo los preparativos para el ritual.

Una vez estuvo todo preparado, sonando el "Ay Carmela", la mujer sacó una arrugada hoja, el detonante de todo aquello, y se dispuso a leer:

"Compañeros, compañeras, pasamos por una época gris. Llevamos semanas manifestándonos pacíficamente frente al Congreso, diciéndoles que el pueblo está cansado, traemos alternativas y ellos ¿qué hacen? Nos echan a palos.

Nos gobierna un régimen pre-dictatorial, un gobierno elitista que, poco a poco, está debilitando a quienes disponen de menos recursos. No se cual es su objetivo, si es que tienen alguno, pero se cual es el resultado. El resultado es, que cientos de jóvenes, entre los que me incluyo, han tenido que renunciar a sus sueños, y a sus estudios. Las clases medias y bajas, han perdido gran parte de su poder adquisitivo. Los comités de empresa, y sindicatos, han perdido su poder de negociación, los funcionarios son maltratados. Juegan con nosotros, con nuestros sueños, con nuestras esperanzas, y lo más importante, con nuestras familias.

Esta situación se está haciendo insostenible. Estoy cansado física y psicológicamente y, la impotencia e indignación que sentía hace unos meses, se han convertido en rabia, en dolor. Un dolor que alimenta la ira. Y, como yo, miles de ciudadanos.

Por eso os llamo a todos, porque es hora de coger las riendas de nuestra historia. Porque siento vergüenza, solo de pensar que algún día tendré que mirar a mi hijo a los ojos, y explicarle que no podrá ser de mayor aquello que sueña, porque su padre se quedó de brazos cruzados. Porque prefiero que mire al cielo, y diga, orgulloso: "Ahí esta mi padre, porque luchó por regalarme un sueño".

Por eso os llamo a todos, compañeros, compañeras, porque es hora de coger la pluma y escribir nuestra historia, con sangre, si es preciso. Si, con sangre, porque las palabras no las oyen, o hacen como que no. Es hora de recuperar ese sentimiento de justicia social que tuvieron nuestros antepasados. Es hora, de no ser compañeros, de ser hermanos. Es hora de organizarnos y unirnos. Porque la historia se repite, repitamos la historia que hirió de muerte otras opresiones.

Compañeros, compañeras, hermanos y hermanas, es hora de salir ahí fuera y alzar la voz. Es hora de salir ahí fuera...

¡¡Y LUCHAR!!"

Entonces, una vez hubo acabado de leer, rompió a llorar de nuevo. Su llanto estremeció a los animales, a las plantas, incluso a las propias piedras, no era un llanto, era dolor destilado.

Un regalo para alguien especial

Prometí un regalo a alguien especial:


Que por tí no lloro, que por tí lo muero.
Desciendo navegando por el liso de tu pelo.
Si te viera Venus se que tendría envidia.
tú, que calientas mis noches; tú, que alegras mis días.

Practico escalada en la cornisa
de tus labios cuando esculpo una sonrisa.
Yo, bebedor compulsivo: tu saliva es mi bebida
Si existe un dios, que él te bendiga.
Olvidemos la crisis, si es preciso
te haré un mundo colorido de mentira.
Allí viviremos, dos almas solas y sin prisa,
pescando en el mar de tu mirada parda.

Que por tí no lloro, que por tí lo muero.
Asciendo navegando por la línea de tu cuello.
Si te viera Marte postraría a tu pies sus armas.
Tú, frescor en el desierto; tú, que iluminas almas.

Solía soñar que cambiaba el mundo

Desde mi más tierna infancia, solía soñar que cambiaba el mundo. Con una toalla, o camiseta, o sudadera, o cualquier otro textil anudado al cuello, me convertía en el más poderoso de los superhéroes. Siempre dispuesto a salvar el mundo, o a una doncella, o a ambos, no importaba. Era el más grande, dispuesto a hacer las cosas más grandes nunca vistas.

 Ahora, desde la barra de un bar cualquiera, en una ciudad cualquiera, sueño con recuperar aquellos dos poderes que me hacían invencible: la imaginación y la inocencia.

Ensayo II: Sobre el tiempo

El tiempo pasa. Constante, paciente, indomable y seductor. Seductor, porque se lleva consigo las grandes bellezas que el espacio no pudo acaparar.

El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.

Nos perdemos entre sus líneas, dilucidando sobre lo que pueda traer. Regalos, pérdidas, encuentros y despedidas. Soñamos despiertos, viajando fictíciamente por su devenir. Nos perdemos entre sus líneas, cerrando los ojos, perfilando en nuestro interior finos rasgos de rostros perdidos por su causa. Tanto tiempo pasamos viajando a través, que pocos son los momentos lúcidos que te hacen consciente del tiempo en el que existes, obligándonos a perder un irreemplazable.

El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.

Nos perdemos entre sus líneas. Líneas que traen cambio allí donde cruzan. Cambian el contenido y el continente. Nos cambian a nosotros, cambian nuestro entorno, nuestros sentimientos y pensamientos, puliendo así la esencia perecedera e imperturbable de todas las cosas.

El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.

El tiempo, ese gran comerciante. Nos regala perspectiva, pero se lleva errores y aciertos a cambio, imprimiéndolos con tinta indeleble en nuestra conciencia.

El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo. Y el tiempo se queda en nosotros, vinculando un condicionante presente al pasado, recordándote que solo tú eres responsable de tu situación, y no él. Avisándote de las miserias y las glorias que te regalará en tu futuro, dependiendo de las decisiones tomadas en tu presente.

El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.

Y, el tiempo, conectado entre sí por complicadas redes, nunca parece pasar, pero pasa. Ese gran artífice, pasivo, pero capaz de completar un efecto mariposa, capaz de transformar una pequeña decisión en una gran consecuencia, y una gran decisión en nada.

Carta a una madre

Querida madre.

Allah me guarda. Allah me guía. Te hecho de menos madre, también hecho de menos a Sarah y a los niños. Hace días que no duermo, culpándome, culpándolos a ellos. Nadie les dio derecho a quitarme a mis hijos, o a mi esposa. Pero ya es tarde, Allah les ha tomado para Sí, solo quedaron cenizas tras el bombardeo, y mi felicidad partió con ellos.

 Madre, cuídate, y cuida a padre, hazme ese favor. No hay día que no llore, pero Allah seca mis lágrimas, Él sabe que sigo su camino, me ama y me da fuerzas. Necesito fuerzas madre, me siento valiente y cobarde, me siento fuerte y, sin embargo tan débil…

Oscuras pesadillas me acosan en la noche, pero despierto y sé que Allah me protege. Ellos dejaron la fe por la incredulidad, y perdieron lo bello en el camino. Asesinaron en nombre de su Dios, yo los liberaré en nombre de Allah, y seré libre en Su nombre y por Su causa.

Ya no me queda nada madre. Los últimos días los he pasado en un piso pequeño, dicen que es seguro, pero ya no tengo nada seguro madre. Llevo días sin comer. La angustia y la rabia me comen por dentro, y recordar es doloroso… doloroso pero inevitable.

Quiero que estés orgullosa de mi, madre. Igual que El Profeta lo estaría, igual que Allah lo estará. Se que muchos de ellos son inocentes, también lo eran mi esposa y mis hijos, pero su Dios y su gente les aplaudió sus actos. Ya dijo un sabio “sangre de los inocentes no es injusticia, al fin y al cabo eran culpables en potencia”.

Madre, tengo miedo, pero llevo la Luna conmigo. Rezo y leo el Corán, a veces incluso comprendo por qué lo hicieron, pues como dice el Libro “Oh, creyentes! No toméis a judíos y cristianos como aliados. ¿No son amigos unos de otros? Cualquiera que los coja como aliados es uno de ellos. Dios no guía a los traidores“ Sin un Dios justo que les guíe el horror se adueña de ellos pero, ¿acaso es una escusa válida, madre?

Debo descansar, mañana me espera un gran día. Recuerda que te amo, y recuérdaselo a padre.

Allah te guíe.

Ensayo I: Sobre la felicidad

Si los secretos de la vida fueran fáciles de hallar, la propia vida moriría. Es por ello que durante tanto tiempo busqué la Felicidad.

 La he buscado en cada rincón de la misma vida.

Primero, pensé que estaría entre las piernas de muchas mujeres. Hasta que descubrí que no, está más próxima al corazón de una única mujer. Afortunadamente, tuve ocasión de conocer, valorar y, en ocasiones comprender a esa mujer.

 También la he buscado en los pequeños detalles: El primer cigarro de la mañana. En los cinco minutos desde que suena el despertador, hasta que te levantas, esos en los que no estás ni despierto ni dormido y, Pereza y Responsabilidad luchan en una cruenta batalla por afrontar un nuevo día, o permanecer para siempre en ese limbo cálido y agradable. Pero la Felicidad no puede ser tan efímera, y ha de ser posible compartirla, de lo contrario ¿Para qué la buscamos?

 Con el tiempo, supuse que una estabilidad laboral, social y emocional sería mi respuesta. Pero, una vez las encontré, descubrí que, donde unos ven estabilidad, mis ojos solo saben ver rutina y hastío. No podía ser, Felicidad debe ser trepidante, indomable y díscola, como los rápidos de un río o una joven quinceañera.

 La búsqueda anterior, me llevó a la conclusión de que estuviera en vivir alocadas aventuras, fiestas salvajes y situaciones límite. Pero cuando te encuentras en los rápidos del río, añoras el estanque calmado y paciente.

Seguí buscándola hasta que, en un momento dado, advertí un detalle que había pasado por alto. Si nunca he conocido a Felicidad…¿Cómo sabré reconocerla? ¿Es posible encontrar algo que no sabes cómo es? Decidí reestructurar mi estrategia. Retrasar su búsqueda y centrarme en su comprensión. Sabía que si la comprendía, sería más fácil de encontrar.

 No fue hasta entonces, querido lector, que la encontré. Descubrí que, para unos está entre las piernas de cientos de mujeres, para otros en el corazón de una; algunas personas la ven en los pequeños detalles, otras en la estabilidad o en trepidantes aventuras. Está dentro de cada uno de nosotros y fuera, alrededor de los demás; en tus creaciones y en las del resto. La felicidad es algo intrínseco a la vida. Donde hay vida, hay felicidad, solo tienes que aprender a verla, no darte por vencido. Porque quienes se dan por vencidos en su búsqueda, renuncian a ella, sepultándola así en una honda fosa que, cuanto más tarden en darse cuenta, más ardua será la tarea de desenterrarla posteriormente.

De la nada a la materia

Si por no soñar no duermes,
y por no dormir no sueñas.
No sabes lo que tienes,
si no lo que enseñas.
Si por enseñar de más,
no vas a las estrellas,
si las miras boca arriba
y solo anhelas tenerlas
que decir del alma sin materia,
que decir...
pues en materia sin la nada
encuentras miseria,
y que por mísera
se apagó la primavera.