Allí todo es previsible. Los sueños, y los delirios de grandeza campan a sus anchas, ayudándonos a soñar despiertos, para después aterrizar de nuevo sobre el estiércol.
El inconformismo inherente al escritor es su vía de no-escape de las fauces de tan odiado y necesario compañero de viaje. Constantemente, nuevas ideas brotan en la cabeza, borrando automáticamente las anteriores, y obligándonos así a dejar todo a medias.
Es una maldición necesaria, en ella reside nuestro encanto, nuestra virtud y nuestro secreto....
...y a pesar de todo, seguimos soñando con el éxito...