El tiempo pasa. Constante, paciente, indomable y seductor. Seductor, porque se lleva consigo las grandes bellezas que el espacio no pudo acaparar.
El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.
Nos perdemos entre sus líneas, dilucidando sobre lo que pueda traer. Regalos, pérdidas, encuentros y despedidas. Soñamos despiertos, viajando fictíciamente por su devenir. Nos perdemos entre sus líneas, cerrando los ojos, perfilando en nuestro interior finos rasgos de rostros perdidos por su causa. Tanto tiempo pasamos viajando a través, que pocos son los momentos lúcidos que te hacen consciente del tiempo en el que existes, obligándonos a perder un irreemplazable.
El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.
Nos perdemos entre sus líneas. Líneas que traen cambio allí donde cruzan. Cambian el contenido y el continente. Nos cambian a nosotros, cambian nuestro entorno, nuestros sentimientos y pensamientos, puliendo así la esencia perecedera e imperturbable de todas las cosas.
El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.
El tiempo, ese gran comerciante. Nos regala perspectiva, pero se lleva errores y aciertos a cambio, imprimiéndolos con tinta indeleble en nuestra conciencia.
El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo. Y el tiempo se queda en nosotros, vinculando un condicionante presente al pasado, recordándote que solo tú eres responsable de tu situación, y no él. Avisándote de las miserias y las glorias que te regalará en tu futuro, dependiendo de las decisiones tomadas en tu presente.
El tiempo pasa y nos quedamos en el tiempo.
Y, el tiempo, conectado entre sí por complicadas redes, nunca parece pasar, pero pasa. Ese gran artífice, pasivo, pero capaz de completar un efecto mariposa, capaz de transformar una pequeña decisión en una gran consecuencia, y una gran decisión en nada.