Lo que tenía que hacer


-¡Que te calles, puta! -gritó fuera de si, mientras le propinaba un bofetón- ¡Diez años! ¡Diez años llevo aguantándote! ¿Quieres saber por qué voy al bar? ¿Quieres saberlo? porque llevo diez años casado con una puta. ¿Qué te crees? ¿Que no se que te acuestas con otros hombres cuando yo no estoy? Pues claro que lo se, ¡y medio barrio también! Eres la puta de todos.

Ella, una mujer bella, a pesar de ese horrible moratón en el ojo, sentada en el suelo, trataba de hablar con una voz entrecortada por el llanto:

-Pero...si yo...yo no...

-¡Que te calles! -Rugió dando una fuerte patada en la cara de la joven- No quiero escucharte más. ¡Y deja de llorar como una niña! Las putas no lloran, las putas follan, cobran y se callan la boca. Pero a ti eso de tener la boca cerrada no te va...¿a que no? te gusta tenerla bien abierta, ¡Con una polla dentro!

Entonces lo entendió, supo lo que debía hacer. Sobreponiéndose al miedo, se secó las lágrimas y la sangre de la cara. Se levantó. Cogió la lampara de la mesilla de noche y la estrelló en la cabeza de su marido con un golpe seco. Durante un instante, nada pasó, hasta que se derrumbó el cadáver de su marido, soltando un reguero de sangre. Y ella rompió a llorar nuevamente.